Bobeo bovina.- En cierta ocasión,
no ha mucho tiempo atrás, una anciana de Oropesa –mi madre- quiso subirse al
trenecito turístico para entender donde estaba el atractivo del recorrido y el
singular encanto del viajecito, si lo hubiere, toda vez que el pasaje parecía gozarla
como si volviera a la infancia en ese carruaje con vagones de intemperie medio
al aire libre (los que
hicieron la guerra decían que en el frente no tenían ni intemperie para resguardarse) pues no consta disponer de otra
climatización que la ausencia de ventanillas tapa brisa.
Por si no lo saben
el tal llamado tren turístico es algo así como el tren de la bruja sin raíles,
rodando con vocación de bus urbano, circulando a su bola y tocando la
campanilla para que se aparte el peatón a su paso. Iniciaba recorrido ese tren allá
en los confines del término municipal donde hay una “ciudad de vacaciones”,
eufemismo en titulo urbano que se integra como separado barrio extrarradio en
un pequeño pueblo que se ve a lo lejos y campo a través. La vieja orpesina
alucinó cuando subió una pasajera que al ver el monísimo pueblo a lo lejos le
preguntó a su acompañante ¿cómo se llama
ese pueblo que se ve allí? Es sabida la desorientación espacial de muchos que se extravían hasta cuando
buscan la salida de su alcoba o el urinario del local pero resultaba chistosamente
grotesco que la pasajera ignorara el nombre de la propia localidad donde
vacacionaba y no fuera capaz de situarse.
Lo dramático es cuando la mayor parte del censo vecinal anda perdida en materia de saber y reconocer los nombres de las zonas de su territorio municipal y es que no hay peor ceguera que la miopía mental o la miopía intelectual de quien no sabe ni quiere saber donde está.
Lo dramático es cuando la mayor parte del censo vecinal anda perdida en materia de saber y reconocer los nombres de las zonas de su territorio municipal y es que no hay peor ceguera que la miopía mental o la miopía intelectual de quien no sabe ni quiere saber donde está.
Caos en cacao urbano.-
Cada evento supone un despejar de calles prohibiendo aparcar
o estacionar con exasperante antelación y duración. Algún millar de vehículos
se ve buscando imposible acomodo entre prohibiciones y zona peatonalizada para
despejar el callejero en penoso desalojo. Una vez colapsadas las calles me
consta el calvario de quien deseando acceder a su domicilio se ve impelido por
los agentes con un rosario de circule-no se puede pasar- no se pare- siga- por
ahí no y otras amables indicaciones que le llevan a las antípodas locales en
remoto paraje descampado en zona perdida o barrio de casa dios de la frontera
para iniciar un paseo a pie hasta casa (que era donde quería llegar).
Desproporcionado guirigay de desordenes caóticos que en retorno económico para
la población apenas sirven para que algún kiosco venda dos paquetes de pipas o
entren en el bar dos despistados a mear y tomar café. Sigamos atormentando al
vecindario ( ahora vuelven vallas por carnaval, mañana como pasó en San Antonio
por un castillo hinchable para revuelco de niños se tiran las terrazas de bares
al asfalto y los coches al laberinto del rodeo imposible) Lo dicho por un
conocido mío que afirma no haber más tontos por falta de entrenamiento.
Tapiar la ciudad es lo único que se logra porque ¿ a quien se le ocrre que es una fiesta armar la zapatiesta de una contrarreloj ciclista por las calles donde se vive?


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